Por Presbítero Marcelo Barrionuevo

El mensaje para hoy es “Perdonar no es olvidar; es decidir que el mal recibido no tendrá la última palabra. Pedro pregunta por el límite: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar?”. En el fondo, Pedro quiere saber hasta dónde llega la obligación.

Jesús cambia completamente la pregunta. No responde: “Hasta aquí”. Responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta 70 veces siete”. Es como si dijera: “No hagas del perdón una cuenta. Haz del perdón un estilo de vida”.

1- Vivimos en una sociedad que acumula ofensas

Hoy llevamos muchas veces una especie de memoria de agravios. Recordamos lo que nos hicieron. Guardamos palabras. Reproducimos conversaciones. Volvemos una y otra vez sobre heridas antiguas.

Y las nuevas tecnologías pueden hacer que una ofensa permanezca indefinidamente: un mensaje, una fotografía, un comentario o una publicación pueden conservar durante años aquello que ocurrió en un momento de enojo.

El Evangelio propone otra lógica: no permitir que una herida del pasado gobierne permanentemente nuestro presente.

2- Perdonar no significa negar la herida

Este punto es importante para una actualización seria del Evangelio. Perdonar no significa decir que lo ocurrido estuvo bien. Tampoco significa olvidar automáticamente, renunciar a la justicia, ni exponerse nuevamente a una situación dañina. El perdón cristiano significa algo más profundo: reconozco el mal que me hicieron, pero decido no devolver mal por mal ni convertir mi herida en una fuente permanente de odio. Puede haber perdón y, al mismo tiempo, necesidad de verdad, justicia, reparación y límites sanos.

3- El perdón rompe la cadena del mal

Una ofensa puede generar otra: me hirieron; respondo hiriendo; el otro responde; vuelvo a herir... Así nace una cadena que puede atravesar familias, generaciones, comunidades e incluso pueblos enteros.

Jesús introduce una interrupción: “Aquí termina la cadena. El mal no continuará a través de mí”. Por eso perdonar es un acto profundamente transformador. No cambia necesariamente el pasado, pero puede cambiar lo que el pasado hace con nosotros.

4- La sociedad necesita aprender nuevamente a perdonar

Podemos llevarlo también al ámbito social. Vivimos tiempos de polarización, enfrentamientos y descalificaciones. Muchas veces ya no discutimos ideas: descalificamos personas. El Evangelio propone una cultura diferente: pasar de la venganza a la reconciliación; del resentimiento a la misericordia; de la descalificación al diálogo; y de la memoria que alimenta el odio a una memoria que busca aprender y sanar. Una sociedad que no sabe perdonar queda prisionera de sus heridas.

5- El fundamento está en Dios

Y aquí está lo específicamente cristiano. Jesús no nos dice simplemente: “Sean buenas personas y perdonen”. Nos lleva a una experiencia anterior: “Tú has sido perdonado”. Antes de preguntarme “¿Por qué tengo que perdonar?”, el Evangelio me invita a preguntarme: “¿Cuánto me ha perdonado Dios a mí?”

Cuando una persona descubre que vive de la misericordia recibida, cambia también su manera de mirar al otro. La parábola que sigue a este pasaje lo expresará con enorme fuerza: quien ha recibido una misericordia inmensa está llamado a convertirse en misericordia para los demás.

6- El desafío más profundo: perdonar de corazón

Jesús no propone solamente un acto exterior. El verdadero desafío es sanar el corazón. Porque puedo decir: “Te perdono”,pero continuar alimentando interiormente el resentimiento. El perdón cristiano es un camino. A veces se decide en un instante; otras veces necesita tiempo, oración, lágrimas y un proceso interior.

Por eso podemos decir: “Perdonar una vez puede ser una decisión; aprender a perdonar siempre es una transformación del corazón”.

Podría cerrarse así: Pedro pregunta: “¿Cuántas veces tengo que perdonar?”. Jesús no responde con un número. Responde con una actitud: 70 veces siete. Porque el perdón cristiano no es una cuenta que llevamos, sino una gracia que recibimos y estamos llamados a transmitir.

Perdonar no es olvidar el mal. Es impedir que el mal tenga la última palabra. Perdonar no es negar la justicia. Es evitar que la justicia se transforme en venganza. Perdonar no es aprobar lo sucedido. Es liberar el corazón para que pueda volver a amar. Y quizá éste sea uno de los grandes mensajes que nuestro mundo necesita escuchar hoy: “Donde el mundo acumula heridas, el cristiano está llamado a abrir caminos de reconciliación”.

Quien ha experimentado verdaderamente la misericordia de Dios termina descubriendo que la misericordia no se guarda: se entrega.